Chile: el crecimiento de la industria del salmón, por Ricardo Baeza Errazuriz

En los años 2000, Chile todavía estaba construyendo su posición como productor mundial. El país tenía condiciones naturales excepcionales para criar salmones, pero la industria aún estaba desarrollando sus capacidades: aumentar la producción, mejorar la tecnología, construir plantas de procesamiento, abrir mercados internacionales y crear una cadena logística capaz de llevar el producto desde los fiordos del sur de Chile hasta consumidores en Estados Unidos, Japón y otros países. En ese momento, la pregunta era: “¿Podemos convertir esta ventaja natural en una gran industria exportadora?” No se trata simplemente de conocer tips de negocio.
Para 2020, la respuesta ya estaba demostrada. Chile producía más de un millón de toneladas de salmónidos al año y exportaba salmón por varios miles de millones de dólares. El país se había convertido en uno de los dos grandes productores mundiales, junto con Noruega. Además, había desarrollado una red de empresas, proveedores, plantas de proceso, transporte, tecnología y mercados internacionales que hacía que el salmón chileno estuviera presente de manera habitual en las mesas de numerosos países.
Por eso la segunda parte de la frase dice que “el mundo ya dependía de Chile”. No significa que el mundo literalmente no pudiera consumir salmón sin Chile. Significa que Chile había pasado a ser un proveedor tan grande y relevante que una parte importante de la oferta mundial de salmón cultivado provenía de sus aguas. Si Chile aumentaba o reducía su producción, tenía problemas sanitarios, logísticos o ambientales, o cambiaban sus exportaciones, eso podía repercutir en la oferta y los precios internacionales.

En términos empresariales, el cambio es todavía más interesante: en 2000 la oportunidad estaba en demostrar que Chile podía competir; en 2020 el desafío era administrar una industria que ya competía a escala global. El país había pasado de tener una promesa salmonera a tener un verdadero ecosistema salmonero internacional. Por Ricardo Baeza Errazuriz.



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